Psicología

La Psicología en España

Las personas relevantes de la incipiente Psicología española proceden de disciplinas diversas, lo cual se explica porque esta ciencia estaba por hacer en España.

1. Hasta el s. XIX. En el campo de la Psicología filosófica, la aportación española es bastante significativa. Las obras de humanistas como Luis Vives (1492-1540) y Juan Huarte de San Juan (1529-89), o las de filósofos como Francisco Suárez (15481619), ejercen sus influencias en aquellos primeros momentos.

José Joaquín de Mora (1783-1864), al publicar en 1845 sus Cursos de Lógica y Ética según la escuela de Edimburgo, introduce en España la Psicología asociacionista. «Mora reconoce que el espíritu sólo puede ser conocido por sus operaciones, a partir de los hechos; un hecho es el conocimiento, estudiado por la Lógica, yel otro es la conducta racional, de la que trata la Etica. En general, los hechos son o bien externos, conocidos por las sensaciones, o bien internos, conocidos por la conciencia. Y ese conocimiento pone en marcha unas operaciones, que Mora enumera así: la conciencia, la percepción, la idea, la atención, la abstracción, la asociación, la memoria, la imaginación, el juicio y el raciocinio.

Al lado de las facultades intelectuales mencionadas, se preocupaba en su Etica de los apetitos, deseos y afectos, en suma, de la facultad moral que va impulsada por el placer y la pena, y logra que el hombre cumpla con sus obligaciones. Al lado del conocimiento, por tanto, tiene en cuenta la motivación. Todo este esquema apenas es personal. Mora seguía las inspiraciones de Thomas Reid, de Digaid Stewart, y de algunos discípulos franceses de Maine de Biran, pero de este modo comenzaba la renovación de ideas psicológicas que ya no había de terminar» (H. Carpintero, 1975).

Un paso más y será Jaime Balmes (1810-48) el que se oponga al reduccionismo asociacionista, además de reaccionar frente al empirismo y al sensualismo que latían en el fondo de la frenología. Para Balmes, «la materia es incapaz de sentir», y esto es suficiente para no degradar la Psicología al recortado ámbito del mero transformismo sensista.

El reformismo asociacionista tiene otros valedores más silenciados, como Tomás García Luna, en Madrid, y Javier Llorens y Bárba (1820-72), en Barcelona. Pero la Psicología filosófica, al menos en lo que tiene de implicación con la Psicología empírica, sólo se desarrolla a través de las obras del P. Manuel Barbado (1884-1945) y de Xavier Zubiri.

La Pedagogía es otro ámbito disciplinar que promueve autores al encuentro de la Psicología. De la mano de Juan Zaragileta (1883-1974), la Pedagogía española comienza a caminar por los senderos universitarios. Nada tiene de particular que colabore con psicólogos en beneficio de su disciplina y que, consecuentemente, la Pedagogía no sólo se beneficie de ese consorcio, sino que además suponga en algunas ocasiones importantes aportaciones a la Psicología (cfr. 4.1).

Pero el distrito exactamente psicológico tiene una gestación larga y muy diferente. Se diría que la Psicología stricto sensu surge en España con entrañas filosóficas. Julián Sanz del Río (1814-69) articula el puente que sirve para traspasar la obra de K. C. Krause (1782-1832) de Alemania a España. Por su medio se teje una maraña de influencias culturales, ideológicas y pedagógicas extraordinariamente complejas, que marcan un hito muy determinado en el horizonte cultural español de entonces. En 1874, Francisco Giner de los Ríos (1839-1915) publica en colaboración con E. Soler y A. Calderón unas Lecciones sumarias de Psicología, en donde se trenza el pensamiento krausista y las aportaciones de la naciente Psicofísica.

Urbano González Serrano, influido por el krausismo, publica la primera obra de Psicología fisiológica en España (1886), brindando un diálogo personalista amplio y bien ensamblado entre los factores biológicos y sociales. A todo lo ancho de ella se hace intervenir a psicólogos clásicos, como Wundt (1832-1920), Ribot (1839-1903), Taine (1828-93), etc.; y hay también menciones veladas respecto de la importancia del inconsciente.

2. En el s. xx. Con Luis Simarro (1851-1921), la Psicología hace pie en la institución universitaria. En 1902 ocupa por primera vez la cátedra de Psicología experimental de la Univ. de Madrid. Seguidor del monismo psicofisiológico de Mach, se aparta de él para defender una Psicología de corte funcionalista y biologizante, en la que la conciencia tiene una función adaptativa y supervivencial.

La tradicional influencia de la Psicología alemana en España se prolonga en la obra de Juan Vicente Viqueira (1886-1924), La Psicología contemporánea (1930), que demuestra conocer muy bien las obras de Wundt y de G. E. Müller, con quienes había trabajado. Así las cosas, llegamos a la impronta intelectual de otros autores, como J. Germain, que fueron los alumbradores y maestros en cierta manera de los actuales profesores universitarios de Psicología, quienes han consolidado la institucionalización de esta nueva licenciatura universitaria.

Autores como Mariano Yela Granizo, Miguel Siguán, José Luis Pinillos, Francisco Secadas y Miguel Cruz Hernández constituyen la pléyade gene-

racional a quienes la sociedad española deberá estos logros. Hoy tenemos ya un cuerpo de psicólogos en continuo crecimiento; las Facultades comienzan a multiplicarse, las cátedras universitarias se van creando y diversificándose sus contenidos, como lo exige la especialización contemporánea; la investigación va tomando cuerpo en la obra y en el magisterio de la nueva generación de profesores (Y. Pelechano, S. Palafox, H. Carpintero, J. Amén, J. L. Fernández Trespalacios). No obstante, la larga y penosa marcha de la Psicología española no se entendería sin las aportaciones de un amplio grupo de profesionales adscritos a la Psiquiatría. Nos referimos: a las aportaciones de M. Cubí (1801-75) a la frenología y a sus hipótesis acerca de la reequilibración compensatoria de las facultades (Elementos de frenología, 1849); a la iniciación de la psicopatología médico-legal por Pedro Mata y Fontanet (1811-77) con su obra Tratado de la razón humana (1858), y a la prolongación que tuvo en los trabajos de sus alumnos J. M. Esquerdo y Zaragoza (1842-1912) y J. Vera y López (1859-1918); a los estudios psicofisiológicos de Ramón Turré y de José M. Pí Suñer; y, en fin, a la obra de Emilio

Mirá y López y de José Germain, el primero como psiquiatra y autor, y el segundo como psiquiatra y propulsor de la Psicologia.

Una generación de médicos humanistas, entre los que destacan Gregorio Marañón (1887-1960) y Roberto Nova Santos (1885-1933), supo estar a la altura de las circunstancias, aportando numerosas publicaciones de cercana raigambre psicológica. La tradición española del humanismo médico ha sabido perpetuarse, al menos en lo que a la Psicología se refiere, en las personas de Pedro Laín En- traigo y Juan Rof Carballo, cuyas obras han tenido un eco internacional.

Por último, desde la Psiquiatría universitaria y oficial también se ha influenciado el desarrollo de la Psicología, aunque recortada a la especialidad de la Psicología médica. Las obras de Ramón Sarró Burbano, de Juan José López-Ibor, de J. J. Vallejo Nájera y de F. Rey Ardid sentaron las bases para una introducción a la Psicología médica, en manuales bien construidos, en los que se han formado la inmensa mayoría de los aprendices de la Medicina. La obra de F. Alonso-Fernández, además de desarrollar las aportaciones lópez-iborianas, constituye un signo inequívoco que presagia el dilatado y prestigiado futuro de la Psicología y la vsiquiatria en España.

La Psicología y la evolución histórica de su objeto

1. Desde la Antigüedad hasta Descartes. El concepto de Psicología depende de cuál sea el objeto del que creemos que se ocupa esta disciplina. Dicho objeto ha ido variando durante los últimos 24 siglos: antes, muy lentamente; en época reciente, con mayor rapidez. De aquí que tenga validez la afirmación de Ebbinghaus (1910) de que «la Psicología científica tiene un largo pasado y una breve historia». De otra parte, los psicólogos parecen estar más preocupados de cuál es el objeto de la Psicología, que de la misma Psicología (J. L. Pinillos). Así las cosas, puede afirmarse que el objeto material de la Psicología (el hombre) apenas ha variado; afirmación que en absoluto puede mantenerse respecto del objeto formal. Es aquí, en la formalidad precisamente, donde las variaciones temáticas han evolucionado más.

En un principio (Platón) la Psicología era el logos acerca de lapsykhe’, el estudio del alma. Con el tratado aristotélico De anima (Peri psykhe’s), el alma como objeto de la Psicología se prolonga más allá de la Edad Media. Un poco después el estudio del alma es sustituido por el de la conciencia o mente. Descartes recupera el dualismo platónico, sólo que exponiéndolo de una forma más acorde con el espíritu de su tiempo, una vez que se ha operado por Galileo la revolución renacentista de la Geometría. Con el cartesianismo, el objeto de la Psicología se desgarra entre dos mundos irreconciliables: la sustancia pensante (yo, mente, conciencia) y la sustancia extensa (cuerpo). Como dice M. Yela Granizo, «psíquico, en lugar de significar lo mismo que biológico, va a significar justamente lo contrario. Psíquico va a significar consciente. Físico, lo biológico incluido, va a significar extenso». El desgarramiento introducido por el cartesianismo supondrá una gran hipoteca de la Psicología futura: la construcción de una Psicología de espaldas a lo orgánico y, por consiguiente, desbiologizada.

Maine de Biran (1766-1824) retorna el problema cartesiano y desarrolla la Psicología por vía del intimismo (introspección), a la vez que la aproxima a las ciencias naturales (H. Carpintero).

2. El positivismo. El advenimiento de Comte (1798-1857), con la introducción del positivismo, influye en la Psicología futura. Se propugna el abandono de las personificaciones a las que había estado sometida la Psicología de antaño. El hombre debe limitarse a lo que está dado, a lo que puede observar, a lo puesto (positum), de manera que descubra las leyes que le dan unidad y por las que se rige, y pueda al fin establecer la dirección hacia la que debe marchar la Humanidad. El espíritu positivo rechaza la introspección, que era el método legado por la Psicología mentalista precedente. La nueva Psicología se ocupará en adelante de los hechos, caracterizados como fenómenos de algo que se muestra como puesto o positivo y que son susceptibles de observación y de verificación empírica.

Aunque propiamente Comte no se dedicase a la construcción de la Psicología positiva, contribuyó al brindar el andamiaje metodológico que la hacía posible. No obstante los aciertos que han querido ver algunos autores en las aportaciones comtianas, como dice X. Zubiri, «la obra de Comte no se entiende sino como el edificio levantado sobre la bancarrota del idealismo alemán y el hundimiento de la especulación».

Con esto se trasladaba el objeto de la Psicología de la conciencia a la conducta, algo que quedaría resellado más tarde con la introducción del método experimental a partir de la Medicina (Claude Bernard), lo que supone biologizar una Psicología demasiado mentalista hasta ese momento, y con la fundación por Fechner (1860) y Wundt (1879) del primer laboratorio de Psicofísica.

A partir de ese momento toda investigación se centrará en el estudio de los fenómenos, puesto que lo objetivo de los fenómenos es lo único que puede elaborarse de un modo matemático. Lo único verdadero, se dice, es lo que puede medirse con exactitud. Toda experiencia debe expresarse según datos numéricos, que son los que posibilitan el apresamiento de las leyes por las que se rige la Naturaleza. Así las cosas, pueden establecerse nexos causales expresados en formas matematizables. Dichas fórmulas, además de expresar nexos y relaciones, son sobre todo previsiones acerca de lo que acontecerá en el futuro.

La Psicología científica, al menos gran parte de ella, opta por el estudio de los fenómenos positivos y, al hacerlo, elige para sí el estatuto de las ciencias positivas, de las ciencias de la Naturaleza o experimentales. Esta decisión ha supuesto grandes ventajas para la Psicología, pero también inconvenientes enormes. La medición de los fenómenos psíqüicos y su cristalización según fórmulas estadísticas no deja de ocupar un cierto ámbito abstracto y formal: el de los números, nuevas magnitudes de extensión. Durante el cálculo simbólico y mecánico tendente a la configuración de teorías abstractas de conjuntos, el científico suele olvidarse que está operando con números (que aunque revelan una cierta realidad, ellos mismos no son esa realidad que desvelan), más aún, que está formalizando no sólo la Naturaleza, sino la misma formalización, penetrando sin percatarse en la logística. Con los signos y las técnicas de relaciones, el psicólogo se aleja de lo empírico y, hasta cierto punto, se enajena. Ahora la teoría de la ciencia tiene ya libre el camino para suplantar a la Naturaleza y a los fenómenos de ella derivados, que constituyeron los primeros hitos de la investigación.

3. La Psicología y el pensamiento contemporáneo. Tanto Husserl como Heidegger criticaron este modo de proceder.

En este punto resulta irónicamente esclarecedor el pensamiento de Soren Kierkegaard: «Toda ciencia es un sistema. Un sistema y un todo cerrado son una sola y misma cosa; por lo tanto, mientras el sistema no está acabado no hay sistema; un fragmento de sistema es un sinsentido…, cada vez que he estado a punto de caer de rodillas ante el sistema para adorarlo he preguntado a algún iniciado: respóndeme con franqueza, ¿está completamente terminado?, y siempre he recibido la misma respuesta: no, con franqueza no está completamente acabado. Y así todo se dejaba para más tarde, el sistema y la genuflexión» (Postscriptum, 1841).

Heidegger se opone a la aritmetización psicológica del hombre. Y esto porque la Psicología cuantifica y espacializa al hombre apresando dimensiones, puntos, líneas, planos y distancias, que sé corresponden con conceptos diferentes del espacio

intramundano, como son las direcciones, los lugares, los recorridos, las regiones y los caminos. El hombre, dice Heidegger, debe ser espacializante y no espacializado. Lo propio del hombre es suprimir distancias, superar alejamientos, hacer próximo lo distante. El hombre de la moderna Psicología es un hombre distancializado y espacializado abstractivamente. En estas críticas subyace la idea de la Psicología como ciencia de la conciencia, idea que después de un largo destierro comienza a penetrar en el perímetro excesivamente estrechado de la Psicología como ciencia de la conducta. Ya veremos más adelante cómo y desde qué posiciones se realiza este reencuentro entre conducta y conciencia. Por ahora veamos la larga marcha de la Psicología positiva en su afán de convertirse en ciencia exacta y científica de la conducta humana.

Con la Psicofísica se aspira a establecer las relaciones numéricas entre los estímulos físicos y las sensaciones psíquicas. Pavlov, desde la Fisiología, ataca a los psitólogos, acusándoles de ser sólo «éspecialistas de palabras)), que no se atienen a los hechos. El axioma de Helmholtz, nemo psychologus nisiphysiologus, supone el intento más importante de biologizar el mundo de los organismos, sustituyendo los conceptos sustancialistas o inverificados por relaciones y funciones comprobables en la experimentación. El evolucionismo de Darwin acentúa el valor concedido al ambiente en la conformación de la conducta. La inveterada tendencia a generalizar y extrapolar los resultados de las investigaciones etológicas (Konrad Lorenz, Titchener, etc.) contribuyen a que la Psicología marche por otros derroteros. En consecuencia, se abandona la vieja definición de la Psicología en función de la conciencia (Brentano, W. James) como «la descripción y explicación de los estados de conciencia en tanto que estados de conciencia» (W. James). La conciencia en cuanto que privada e inobservable no puede constituirse en objeto de investigación científica. Los fenómenos psíquicos son reducidos ahora a fenómenos conductales o del comportamiento, en los que aquéllos se transparentan. La conducta, en una palabra, sustituye y reemplaza a la conciencia como objeto de la nueva Psicología, como puede verse en las definiciones siguientes:

La Psicología es «la ciencia positiva de la conducta» (McDougall); «la parte de la Antropología que se ocupa de la conducta» (Katz); «el estudio de las reacciones objetivamente observables que un organismo lleva a cabo, como respuesta a estímulos, también objetivamente observables, provenientes del medio o lo que un organismo dice o hace, entendiendo por decir un modo de conducirse» (Watson, 1938); es decir, las actividades y fenómenos públicamente cuantificables. La resolución soterrada de la epistemología empirista desprecia como extracientífica toda aportación en que haya un pálpito de metafísica (cabe destacar aquí el esfuerzo de J. L. Pinillos por reconciliar este divorcio).

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